Entre Patas y Enredos

Dicen que tener perro te mantiene activo, en contacto con la naturaleza y de buen humor. Lo que no te dicen es que tener dos convierte cada paseo en una mezcla entre CrossFit, circo ambulante y comedia romántica con enredos de correa.

Sales de casa con la mejor de las intenciones: aire fresco, una vuelta tranquila, quizá un café para llevar. Pero no. En cuanto pisas la acera, se activa el modo caos sincronizado: uno quiere ir a oler ese arbusto misterioso, y el otro decide que ese mismo instante es ideal para correr hacia el otro extremo del universo. Tu brazo derecho hace yoga, tu brazo izquierdo practica lucha libre y tú, en medio,  intentas mantener la dignidad mientras te transformas en un nudo marinero andante.

Luego viene el desfile de estímulos:
– Un gato.
– Un patinete.
– Otro perro (que, por supuesto, es archienemigo desde tiempos inmemoriales).
– Una señora con un pan bajo el brazo que, según tus perros, es la tentación máxima.

Intentas mantener la compostura: “Chicos, tranquilos”. Pero ellos ya van por libre, haciendo parkour emocional. Uno se enreda entre tus piernas, el otro decide orinar justo en el único árbol con un cartel de “prohibido perros”, justo en el momento que nos cruzamos con una pareja de la policía municipal. Cuando finalmente logras enderezarte y consigues que tu perro no cometa ninguna infracción delante de la policía, llega el momento social.

Porque pasear con dos perros es básicamente abrir un stand ambulante de relaciones públicas. Todo el mundo quiere hablarte:
— ¡Ay, qué monos! ¿Son hermanos?
— Eh… bueno… Comparten hogar, comida y caos… pero genes, lo que se dice genes, no muchos.
Y ahí estás, sonriendo como si tu vida no dependiera de mantener la tensión exacta de dos correas que parecen cables de tirolesa.

El regreso a casa es otra historia: uno se planta en huelga de patas, el otro decide que todavía no ha olido suficiente mundo. Cuando por fin cruzas el umbral, sientes que acabas de completar una maratón. Ellos, en cambio, te miran felices, jadeando, con esa cara que dice: “Qué bien lo hemos pasado ¿Repetiremos?”.

Y claro… ¿cómo decirles que no? Después de todo, pese a los tirones, los enredos y las batallas por quién lleva el palo más grande, esos paseos son pura vida: el caos más adorable que uno puede tener al final de una correa. Porque cuando te sientas en el sofá, todavía con la camiseta torcida y un mechón rebelde que no tenías hace media hora, ellos se acurrucan a tu lado como si nunca hubieran provocado la Tercera Guerra Mundial Canina en plena acera. Te miran con esos ojos enormes que dicen “gracias por existir” sin decir nada, y tú recuerdas por qué madrugas, corres, frenas, esquivas patinetes y haces malabares con dos correas como si tuvieras ocho brazos. Y en ese momento, con el corazón aún acelerado, la ropa llena de pelos, sudando y la dignidad a medio recuperar, entiendes que tener perro no es solo salir a pasear. Es tener un dúo cómico personal, y dos maestros expertos en vivir el presente. 

Así que sí: quizás mañana vuelvan a enredarte, a arrastrarte, a ponerte a prueba física, mental y espiritualmente.
Pero también volverán a hacerte reír, a sacarte de casa, a recordarte que la vida, con todos sus tirones y giros bruscos, es mucho mejor cuando se camina acompañado… aunque sea a trompicones. Y tú, inevitablemente, volverás a agarrar las correas con la misma mezcla de esperanza y resignación, respirarás hondo y dirás: “Venga, chicos… a por otra aventura”.

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