“¡Quítamelo… y esta vez Mediaset lo ha hecho!”

El despido de Alessandro Lecquio o cuando la te tele se cansa (por fin) de mirar hacia otro lado. 

Hace muy poco escribí aquí sobre la actitud de Alessandro Lecquio cada vez que se sentaba en un plató. Hablé de ese discurso rancio, de esa condescendencia con la que opinaba sobre mujeres, relaciones y vida privada como si estuviera contando una hazaña. Y mencioné lo incómodo y significativo, que era que la televisión siguiera aplaudiéndolo. 

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Y para mi sorpresa hoy nos hemos despertado con la noticia de que Mediaset ha decidido prescindir de él. No voy a negar que, al leerlo, he sentido un íntimo y pequeño sentimiento de triunfo. Porque no es solo una salida de televisión, es un síntoma de que algo está cambiando. No es tan interesante que Lecquio desaparezca de los programas, lo interesante, es el por qué desaparece. 

Su salida no llega por una polémica pasajera, sino tras la revisión de documentación judicial presentada por Antonia Dell’Atte, su exmujer. Y es aquí donde inevitablemente conecto con mi propia reflexión previa. Su discurso, su manera de hablar, su tono altivo, no era una simple forma de ser polémico en los programas, era y es la punta visible, de un patrón más profundo.

El problema nunca fue solo él. Lecquio lleva años en programas de televisión, ocupando un asiento fijo, con libertad para hablar sobre sus relaciones y sobre las mujeres en un tono que muchas veces resultaba despectivo, condescendiente y directamente desagradable. Comentarios lanzados con ligereza, como si fueran anécdotas divertidas, que en realidad dejaban ver una forma de mirar a las mujeres más propia de otra época. Y, aun así, durante todo ese tiempo, los platós le rieron las gracias, los directores lo mantuvieron y la televisión lo presentó como alguien “sincero” o “sin filtros”, cuando lo que había detrás era un discurso que nunca debió normalizarse.

Así que, NO!! No basta con señalar a quien lo dice, también hay que mirar a aquellos que amplifican ciertos discursos. A pesar de que hoy se cierre la puerta, es importante y obligatorio, preguntarnos por qué estuvo tan abierta durante tanto tiempo.

Cuando escribí mi entrada anterior, la conclusión era clara: el problema no era lo que decía Lecquio, sino que hubiera un plató dispuesto a escucharlo. Si queremos una televisión más sana, más responsable y más acorde con el siglo XXI, no basta con poner la lupa sobre una persona, hay que revisar los filtros, los criterios y las puertas que se abren tan alegremente a ciertos discursos machistas disfrazados de humor.

La noticia de hoy, me hace pensar que estamos ante un pequeño punto de inflexión. Un gesto que, aunque llega tarde, manda un mensaje: la impunidad mediática ya no es tan cómoda como antes. Si los medios no dejan de mirar hacia otro lado, las cosas cambian. Y quizá, solo quizá, este sea un primer paso.

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