“¡Quítamelo… y esta vez Mediaset lo ha hecho!”
Hace muy
poco escribí aquí sobre la actitud de Alessandro Lecquio cada vez que se
sentaba en un plató. Hablé de ese discurso rancio, de esa condescendencia con
la que opinaba sobre mujeres, relaciones y vida privada como si estuviera
contando una hazaña. Y mencioné lo incómodo y significativo, que era que la
televisión siguiera aplaudiéndolo.
https://sugarfreecol.blogspot.com/2025/10/un-conde-donde-quitamelo-quitamelo.html
Y para mi
sorpresa hoy nos hemos despertado con la noticia de que Mediaset ha decidido
prescindir de él. No voy a negar que, al leerlo, he sentido un íntimo y pequeño
sentimiento de triunfo. Porque no es solo una salida de televisión, es un
síntoma de que algo está cambiando. No es tan interesante que Lecquio desaparezca
de los programas, lo interesante, es el por qué desaparece.
Su salida no
llega por una polémica pasajera, sino tras la revisión de documentación
judicial presentada por Antonia Dell’Atte, su exmujer. Y es aquí donde
inevitablemente conecto con mi propia reflexión previa. Su discurso, su manera
de hablar, su tono altivo, no era una simple forma de ser polémico en los
programas, era y es la punta visible, de un patrón más profundo.
El problema nunca fue solo él.
Lecquio lleva años en programas de televisión, ocupando un asiento fijo, con
libertad para hablar sobre sus relaciones y sobre las mujeres en un tono que
muchas veces resultaba despectivo, condescendiente y directamente
desagradable. Comentarios lanzados con ligereza, como si fueran anécdotas
divertidas, que en realidad dejaban ver una forma de mirar a las mujeres más
propia de otra época. Y, aun así, durante todo ese tiempo, los platós le rieron
las gracias, los directores lo mantuvieron y la televisión lo presentó como
alguien “sincero” o “sin filtros”, cuando lo que había detrás era un discurso
que nunca debió normalizarse.
Así que, NO!! No basta con señalar a quien lo dice, también
hay que mirar a aquellos que amplifican ciertos discursos. A pesar de que hoy
se cierre la puerta, es importante y obligatorio, preguntarnos por qué estuvo
tan abierta durante tanto tiempo.
Cuando escribí mi entrada anterior, la conclusión era
clara: el problema no era lo que decía Lecquio, sino que hubiera un plató
dispuesto a escucharlo. Si queremos una televisión más sana, más responsable y
más acorde con el siglo XXI, no basta con poner la lupa sobre una
persona, hay que revisar los filtros, los criterios y las puertas que se abren
tan alegremente a ciertos discursos machistas disfrazados de humor.
La noticia de hoy, me hace pensar que estamos ante un
pequeño punto de inflexión. Un gesto que, aunque llega tarde, manda un
mensaje: la impunidad mediática ya no es tan cómoda como
antes. Si los medios no dejan de mirar hacia otro lado, las cosas
cambian. Y quizá, solo quizá, este sea un primer paso.
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