Tras la Navidad
Y con ellas, todo lo que arrastran aunque nadie lo ponga en el calendario.
Se acabó la presión por querer a todo el mundo, por sonreír cuando el cuerpo pide silencio, por mantener la paz aunque por dentro haya ruido. Se acabaron las comidas largas, las conversaciones forzadas y el esfuerzo constante por que todo parezca normal.
Se acabaron los brindis que duelen, las sillas vacías de quienes ya no están y las de quienes están, pero han decidido no estar. Se acabó mirar de reojo esos huecos mientras fingimos que no pesan, cuando en realidad pesan más que la mesa entera.
Se acabaron los petardos, el ruido, las luces que prometen alegría mientras mis perros tiemblan de miedo buscando refugio. Se acaba esa mezcla extraña de fiesta y angustia que nadie sabe muy bien cómo nombrar.
Y ahora empieza enero. La cuesta. El frío que ya no es decorativo. Las cuentas que llegan cuando el confeti ya está barrido. El cansancio acumulado. La realidad sin luces de colores.
Pero también empieza otra cosa.
Empieza el permiso para bajar el ritmo. Para no estar disponible para todo el mundo. Para no tener que demostrar nada. Empieza el silencio que cura, la rutina que sostiene, los días que no prometen felicidad, pero sí verdad.
La cuesta de enero no es solo económica. Es emocional. Es volver a colocarse por dentro después de haberlo dado todo fuera. Y quizá este año no haga falta subirla corriendo. Quizá baste con caminar despacio, abrigarse bien y aceptar que no pasa nada por estar cansados.
Las Navidades se han acabado. Y, aunque nadie lo diga en voz alta, a veces eso también es un alivio.
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