The Free Seasons

Hoy termina el otoño y mañana comenzará el invierno. Así sigue su curso este tiempo cíclico y metafórico del que somos habitantes precarios.

Para explicar el cambio de las estaciones existen teorías científicas que nos llenan de confianza en la razón humana, capaces de descifrar el orden del mundo. Pero a nosotros nos gustan más las explicaciones poéticas, excéntricas, heterodoxas y mágicas… aunque digamos que no nos las creemos (¿o sí?).

Aquí va una de ellas, en clave mitológica:

The Free Seasons

Dicen los antiguos que, antes de que el tiempo tuviera nombre, el mundo era gobernado por cuatro hermanas. Nacieron del aliento de la Tierra y del suspiro del Sol, y aunque compartían la misma esencia, cada una amaba el mundo de una manera distinta.

Primavera, la más joven, tenía el cabello cubierto de flores y un corazón impaciente. Donde posaba sus pies brotaban los ríos, y las semillas despertaban como si hubieran soñado demasiado. Reía con los pájaros y tejía coronas para los árboles. Su don era el renacimiento.

Verano era la hermana del fuego. Su piel brillaba como el oro del mediodía y su voz era un canto de cigarras. Amaba el exceso: el calor, la luz, el júbilo. En su paso, el mundo se llenaba de frutos maduros, y el cielo parecía arder de alegría. Su don era la plenitud.

Otoño, la tercera, tenía ojos de cobre y manos que sabían soltar. Caminaba por los campos despidiendo las cosechas, envolviendo el aire en un perfume melancólico. Enseñaba a las hojas a caer con gracia y a los hombres a agradecer lo vivido. Su don era la sabiduría del cambio.

La última era Invierno, la mayor y más silenciosa. Vestía de plata y sombra, y su voz parecía venir desde lo más hondo de la tierra. Amaba el reposo y el recogimiento. A los ojos de los hombres parecía dura, pero era ella quien protegía las raíces del frío y preparaba el suelo para el regreso de su hermana menor. Su don era el descanso.

Durante mucho tiempo, las cuatro hermanas vivieron en armonía, hasta que cada una quiso quedarse para siempre con el mundo.
Primavera quería que todo floreciera eternamente, Verano deseaba un sol sin ocaso, Otoño ansiaba un tiempo perpetuo de despedidas y colores, e Invierno soñaba con el silencio absoluto.

Entonces, la Tierra —su madre— intervino. Les dijo:
“Hijas mías, no puede existir la belleza sin el cambio, ni la vida sin la pausa. El mundo necesita de todas vosotras, pero no al mismo tiempo.”

Así decidió que cada hermana gobernaría por un tiempo, y que al terminar su reinado, dejaría paso a la siguiente. Desde entonces, las cuatro se persiguen una a otra en un baile eterno: la risa de Primavera sigue al sueño de Invierno, Verano abraza con fuego lo que ella hace brotar, y Otoño lo despide todo con amor antes del silencio.

Y así nació el ciclo del año. Y así, también, aprendimos que toda vida florece, arde, madura y reposa… antes de volver a empezar.


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