Un conde!! ¿Dónde? Quítamelo, quítamelo!!

Cada vez que Alessandro Lecquio habla en televisión sobre las mujeres o sus relaciones pasadas, deja en evidencia un discurso que suena profundamente rancio y clasista. Hay una condescendencia en su manera de expresarse —esa ligereza con la que comenta cuestiones íntimas, incluso usando términos que trivializan las relaciones humanas— que resulta incómoda, especialmente en pleno siglo XXI.

Cuando llega a mencionar su famoso “tutti frutti” como si fuera una anécdota divertida o una medalla de conquista, no hace más que reforzar la imagen de un tipo de masculinidad caduca, que mide el valor de las mujeres y de sí mismo desde el número o la anécdota. No hay nada ingenioso ni moderno en eso: solo un eco de otra época que muchos pensábamos superada.

Lo más preocupante no es solo lo que dice, sino lo que representa: la normalización de un discurso que los medios siguen amplificando. Durante años se le han reído las gracias, se ha presentado su tono como “sinceridad” o “carácter”, cuando en realidad lo que hay detrás es una visión desigual y despectiva.

Y eso también nos interpela como sociedad. Por haberle reído las gracias tanto tiempo, por convertir el machismo en entretenimiento y por seguir dando espacio a quien lo ejerce sin pudor. Si queremos medios más respetuosos y conversaciones más inteligentes, tal vez lo primero sea dejar de aplaudir lo que solo nos retrasa.

Porque el problema no es lo que dice Lecquio: el problema es que todavía haya un plató dispuesto a escucharlo.


️ Por Gracia Barquilla — Una no escritora que ha cambiado el té por el café y que intenta hacer reflexiones con humor en un mundo que no para de cambiar.


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