Sesenta años: la edad de no pedir permiso
La mujer de sesenta de hoy no es la abuela con bata de flores que tejía mientras veía telenovelas. Tampoco es esa figura invisible a la que el mundo le quitaba protagonismo por decreto. No, la mujer de sesenta de hoy se planta en zapatillas blancas, viaja con amigas, invierte, estudia, baila salsa, se hace un tatuaje discreto (o no tanto) y, sobre todo, deja de pedir permiso para vivir como le da la gana.
Ya no compite con las de treinta. Son ellas las que la miran con curiosidad, como si fuera una especie nueva: una mujer que no se disculpa por tener experiencia, ni cuerpo real, ni historias que contar. A veces incluso se sorprenden de verla sonreír sin filtros, con esa calma que solo da haber sobrevivido a amores equivocados, dietas absurdas y reuniones eternas que pudieron ser un correo electrónico.
La mujer de sesenta es moderna no por usar Instagram o tener un smartwatch (aunque sí, también), sino porque ha hecho las paces con el espejo. Ha aprendido que la arruga no es el enemigo, sino el mapa. Y que los mapas, bien leídos, llevan a lugares fascinantes. No busca volver atrás: se siente cómoda en su piel, incluso si esa piel ahora tiene historia, textura, carácter.
El mundo sigue intentando venderle la idea de que debe rejuvenecer. Cremas milagrosas, cirugías discretas, filtros que prometen “volver a tener 25”. Ella sonríe y responde: “¿Y para qué querría volver?”. Porque a los 25 no sabía quién era. A los 60, sí. Y eso no hay cosmético que lo supere.
Su rebeldía es silenciosa, elegante, y por eso mismo, poderosa. No grita en pancartas (aunque podría). Revoluciona con su actitud. Se rehúsa a desaparecer, a volverse invisible, a aceptar ese papel de figurante que la sociedad aún ofrece a las mujeres que pasan “de cierta edad”. A cierta edad, lo único que pasa es que una empieza a entenderlo todo.
La mujer de sesenta de hoy trabaja —por gusto o por necesidad—, ama si quiere, se separa si le da la gana, y si está sola, no lo vive como tragedia, sino como conquista. Es dueña de su tiempo, su deseo y su silencio. Y eso, en un mundo que teme a las mujeres libres, es casi un acto político.
Así que sí, cumplir sesenta. No es una cifra redonda: es una declaración de independencia. Ya no necesita demostrar nada, ni ser “la más”, ni “la mejor”. Le basta con ser. Con despertarse cada mañana sabiendo que aún puede reinventarse, empezar algo nuevo, o simplemente disfrutar del café sin apuro.
Porque a los sesenta, lo más moderno que una mujer puede ser… es auténtica.
✍️ Por Gracia Barquilla — Una no escritora que ha cambiado el té por el café y que intenta hacer reflexiones con humor en un mundo que no para de cambiar.
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