La dignidad no se desaloja
Hay batallas silenciosas que nadie cuenta en los telediarios. No levantan pancartas ni llenan titulares, pero duelen igual. Son esas luchas que se libran detrás de las persianas, entre llamadas que no se devuelven y cartas llenas de tecnicismos que, al final, solo buscan lo mismo: hacerte sentir que ya no tienes sitio donde siempre lo tuviste.
Yo llevo 25 años viviendo en el mismo piso. Veinticinco años. Una vida entera. Y aun así, hoy siento que estorbo. Que mi presencia molesta, que el hogar que he construido es ahora una pieza incómoda en un plan de negocio que jamás me incluyó. Aunque mi contrato sea legal, aunque mis prórrogas estén en regla, aunque siempre haya cumplido… intentan forzar mi salida incluso torciendo la ley, incluso poniendo en duda papeles que llevan décadas sosteniendo mi techo.
Sé que, cuando se cumplan los cinco años que marca la ley, tendré que irme. Lo sé. Pero entenderlo no quita el golpe. Y estoy devastada. Parece que algunos han confundido “propiedad” con “poder”. Y en esa confusión, la empatía se ha ido devaluando hasta casi desaparecer.
Las paredes que guardaron mis historias, mis celebraciones, mis duelos, ahora son para ellos solo una inversión. El suelo donde apoyé mis sueños es una “oportunidad de rentabilidad”. Y yo, simplemente, un “problema a resolver”. El acoso inmobiliario tiene su propio idioma: revalorización, mejoras necesarias, oportunidades del entorno. Palabras frías para esconder una verdad muy vieja: la ambición disfrazada de modernidad.
Lo más inquietante es que esto se haya normalizado. Que algunos lo vean como “parte del juego”. Que el desalojo emocional se acepte como un daño colateral del mercado. Como si desplazar vidas fuera tan natural como cambiar una bombilla.
Quizá resistir no me devuelva el hogar que me están arrebatando. Pero me ayuda a no perder mi voz, mi memoria, mi dignidad. Y aunque puedan tocar mis muros, hay algo que no pueden desalojar: mi historia y mi derecho a contarla.
En tiempos en los que el ladrillo vale más que la palabra, escribir —aunque sea bajito— ya es una forma de victoria.
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