La vida y su soga al cuello (pero con estilo, oiga)

Reflexiones de un día cualquiera en el que la vida decidió apretar un poco más.

Sí, es que la vida, a veces se siente como una soga al cuello. No te mata, pero aprieta. Te recuerda que estás vivo porque duele. Que cada respiro cuesta, pero llega. Que hay días en que la cuerda se afloja y otros en que parece romperte el aire… pero aquí seguimos, cabezones, intentando no perder el equilibrio mientras pataleamos en el aire.

Y es que, seamos sinceros: nadie te avisa de que crecer es básicamente coleccionar sogas. La del trabajo, la de las expectativas, la del dinero, la de los “¿y para cuándo…?”. Cada una aprieta un poquito desde un ángulo distinto, y tú ahí, tratando de parecer tranquilo, como si todo estuviera bajo control, mientras por dentro gritas en modo karaoke sin micrófono.

La vida tiene esa elegancia retorcida de ponerte al límite justo cuando creías que estabas mejor. Como si te dijera: “¿Te relajas? No, no, todavía no, falta el giro de trama.” Y ahí estás tú, tratando de respirar profundo, de encontrar tu zen interior, mientras el mundo te lanza facturas, responsabilidades y mensajes de voz de tres minutos.

Pero hay algo curioso que pasa con el tiempo: te das cuenta de que aprieta, sí… pero también enseña. Que cada tirón de cuerda te deja una marca, pero también un aprendizaje. Aprendes que no todo lo que duele es malo, que a veces la presión es la que te obliga a moverte, a cambiar, a crecer. Como si la soga no quisiera ahogarte, sino empujarte a buscar oxígeno en otro sitio.

Y un día, sin darte cuenta, te ríes. Te ríes de todo lo que te angustiaba hace unos años. De las veces que pensaste “no puedo más” y, sorpresa, sí pudiste. De las noches sin dormir que al final solo eran parte del entrenamiento para la vida real.

Porque, al final, vivir es eso: improvisar con lo que te aprieta. Hacer malabares con sogas, pero con estilo. Reírte mientras tratas de no tropezar. Aprender a soltar cuando ya no se puede más y agarrarte cuando toca resistir.

Y poco a poco, con más cicatrices que certezas, descubres que la vida aprieta, sí, pero también sostiene. Que la misma cuerda que ayer te asfixiaba hoy te sirve para impulsarte, para saltar más alto, para sostenerte en los días difíciles.

Así que, si la vida te tiene con la garganta justa y los nervios en modo nudo marinero, respira. No estás solo. Todos estamos aprendiendo a aflojar la cuerda sin perder el humor. Porque la vida, aunque a veces ahogue un poco, también acaricia. Y cuando aprendes a reírte entre tirones, la soga deja de ser amenaza… y se convierte en la cuerda con la que te lanzas a vivir.

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