Aventuras y desventuras en la peluquería

Ir a la peluquería es, en muchos sentidos, como comprar un boleto de lotería. Uno entra con ilusión, entusiasmo y la esperanza de salir renovado, pero el desenlace es siempre un misterio. A veces ganas el premio mayor —un corte favorecedor, un color impecable— y otras, bueno… terminas preguntándote si el reflejo del espejo pertenece a ti o a un personaje secundario de una telenovela de los años 80.

El primer clásico de esta tragicomedia capilar es el célebre “solo las puntas”. Lo dices con toda la precisión posible, incluso acompañas la frase con un gesto milimétrico entre los dedos. Sin embargo, algo se pierde en la traducción. El peluquero interpreta tus palabras como “renovación total”, y esa melena que has dejado crecer durante meses desaparece sin previo aviso. Miras al suelo, ves tus mechones esparcidos como hojas en otoño y, por un instante, consideras guardar silencio eterno sobre lo ocurrido.

Luego está el siempre arriesgado juego del color. Llevas contigo la foto de referencia, cuidadosamente seleccionada en redes sociales: un rubio miel natural, sofisticado, luminoso. Pero al terminar el proceso, el resultado es… diferente. A veces un amarillo pollo que parece brillar con luz propia, otras un naranja semáforo imposible de ignorar. Y aunque sonríes con cortesía, por dentro te consuelas pensando que, al menos, tu nuevo tono garantiza visibilidad nocturna sin necesidad de chaleco reflectante.

El flequillo merece capítulo aparte. Con la mejor de las intenciones, pides algo “ligero, que enmarque el rostro”. Lo que obtienes, sin embargo, es un diseño geométrico digno de compás escolar. Es en ese instante, frente al espejo, cuando comprendes que no todos estamos destinados a llevar el codiciado “fleco parisino”. Algunas frentes, sencillamente, están llamadas a vivir libres y despejadas.

Con el paso del tiempo, claro está, las tragedias capilares pierden dramatismo y se transforman en anécdotas. El pelo crece, los tintes se corrigen y los cortes fallidos se convierten en historias que contamos con humor en reuniones familiares o cenas con amigos. “¿Recordáis cuando pedí capas sutiles y terminé pareciendo un personaje de anime?” Todos ríen, incluso tú, aunque en su momento juraste no volver a pisar una peluquería.

Y es que, al final, la peluquería no se trata solo de estética, sino de confianza y de aprendizaje. Nos recuerda que no controlamos todos los desenlaces, que la vida, como un corte de pelo, exige paciencia, tolerancia y un poco de sentido del humor. Porque así como el cabello vuelve a crecer, también nosotros aprendemos a renovarnos, a soltar lo que ya no nos favorece y, sobre todo, a reconciliarnos con lo inesperado que nos devuelve el espejo.

Por Gracia Barquilla — Una no escritora que ha cambiado el té por el café y que intenta hacer reflexiones con humor en un mundo que no para de cambiar.


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